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Juan Cu 

 
     
     
     
     
     
     
     
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27 de diciembrede 2020

 
     
 

 

CASANOVA Y VOLTAIRE

Sel. Juan Cú

 

DIÁLOGO CRÍTICO POÉTICO

Parte 2

 

 

 

        

Voltaire —Sí, los recuerdo; pintan espantoso el amor. Desearía volver a leerlos.

—¿No nos complacería recitándolos? —me dijo la señora Denis, dirigiendo a su tío una mirada disimulada.

Casanova —Con mucho gusto, señora, si tiene la bondad de escucharme.

Voltaire —¿Acaso se ha tomado el trabajo de aprenderlas de memoria? —me dijo Voltaire.

Casanova —Diga el placer, porque no me ha costado ningún trabajo. Desde la edad de dieciséis años no he dejado pasar uno sin leer a Ariosto dos o tres veces: es mi pasión y quedó grabado en mi memoria sin que yo me haya tomado el menor trabajo. Lo sé todo, a excepción de sus largas genealogías y sus largas tiradas históricas, que cansan la imaginación pero no conmueven. Y además de aquellos los versos de Horacio que están grabados en mi mente, a pesar de la construcción algunas veces demasiado ligera de sus epístolas, que están muy lejos de las de Boileau.

Voltaire —Boileau es algunas veces muy lisonjero, señor Casanova; acepto a Horacio, que también hace mis delicias; pero para Ariosto, cuarenta grandes cantos es demasiado.

Casanova —Son cincuenta y uno, señor Voltaire. El gran hombre quedó mudo, pero allí estaba la señora Denis.

—Veamos, veamos —dijo ella— estas treinta y seis estancias que hacen estremecer, y que han merecido a su autor el título de divino.

Casanova: Comencé a recitarlas, con tono seguro, pero no declamándolas con la monotonía adoptada por los italianos, y que los franceses nos reprochaban justificadamente. Los franceses serían los mejores declamadores, si no se lo impidiera la rima, porque son, de todos los pueblos, los que más justamente sienten lo que dicen. No tienen ni el tono apasionado y monótono de mis compatriotas, ni el tono sentimental y exagerado de los alemanes, ni la manera fatigosa de los ingleses: dan a cada período el sentido y la modulación de voz que más conviene a la naturaleza del sentimiento que quieren expresar; pero la cadencia obligada les hace perder parte de estas ventajas. Yo dije los bellos versos de Ariosto como una hermosa prosa cadenciosa que animaba con el sonido de la voz, con el movimento de los ojos, y modulé mis entonaciones según el sentimiento que quería inspirar en los otros. Se veía, se conocía el esfuerzo que hacía para contener mis lágrimas, que de todos los ojos corrían pero cuando estuve en esta estrofa:

Poichè allargare il freno al dolor poute,

Che resta sola senz 'altrui rispetto,

Giü dagli occhi rigando per le gote.

Sparge un fiume di lacrime sul petto.

mis lágrimas escaparon con tanta abundancia que todos mis oyentes empezaron a lagrimear. Voltaire y su sobrina se aproximaron, pero sus palabras no pudieron interrumpirme, porque Rolando, para volverse loco, tenía necesidad de demostrar que estaba en el mismo lecho donde poco antes Angélica se había encontrado en los brazos del demasiado feliz Medozo, y era preciso que yo llegase al siguiente pasaje. A mi voz quejumbrosa y lúgubre hice suceder la del terror que nace naturalmente del furor con que su fuerza le hizo cometer estragos semejantes a los que podría ocasionar una horrible tempestad o un volcán acompañados de un terremoto.

Cuando acabé, recibí las felicitaciones de toda la reunión. Voltaire exclamó:

—Yo lo he dicho siempre; el secreto de hacer llorar es llorar uno mismo; pero son precisas lágrimas verdaderas, y para derramarlas hace falta que el alma esté profundamente conmovida.

"Le doy las gracias —añadió abrazándome— y le prometo recitar mañana las mismas estrofas, y llorar como usted”.

Lo cumplió.

Casanova—...Haciendo recaer después la conversación sobre la literatura italiana, comenzó a razonar con ingenio y mucha erudición, pero terminaba siempre por un falso juicio. Yo le dejaba decir. Me habló de Homero, de Dante, de Petrarca, y todo el mundo sabe lo que él pensaba de estos grandes genios; de hecho, se ha perjudicado escribiendo lo que pensaba. Me contenté con decirle que si estos grandes hombres no merecían la consideración de todos los que los estudian, hace mucho que habrían caído del pedestal donde la aprobación les ha colocado...

… los favorecidos de Plutón. Tenía entonces sesenta y seis años y ciento veinte mil libras de renta. Se ha dicho maliciosamente que este gran hombre se había enriquecido engañando a sus libreros; la verdad es que no ha sido, desde este punto de vista, más favorecido que el último de los autores y que lejos de haber engañado a sus libreros, él ha sido muchas veces el engañado por ellos. Es preciso exceptuar a los Cramer, cuya fortuna ha hecho. Voltaire había sabido enriquecerse por otro medio que su pluma, y como avaro por reputación, ha dado muchas veces sus obras, con la única condición de ser impresas y distribuidas...

Voltaire —pero sigamos. ¿El marqués Albergati es sin duda un literato?

—Escribe bien su lengua; pero se escucha, es prolijo y no encierra gran cosa su cabeza...

Casanova —Empezó por decirme en la mesa que me daba las gracias por el regalo que le había hecho de Merlin Cocci.

Voltaire —Me lo ha ofrecido seguramente con buena intención —dijo— pero no le doy gracias por el elogio que me ha hecho del poema; es usted el culpable de que haya perdido cuatro horas leyendo simplezas.

Casanova —Me sentí desagradado, pero me mantuve dueño de mí mismo y le respondí con calma que quizá se vería obligado otra vez a hacer un elogio mejor que el mío. Le cité muchos ejemplos de lo insuficiente que puede ser una primera lectura.

Voltaire —Es verdad —dijo— pero en cuanto a su Merlin, lo abandono. Lo he puesto al lado de La Doncella de Chapelain.

Casanova —Que agrada a todos los inteligentes, no obstante su mala versificación, porque es un buen poema y Chapelain era poeta, aunque hacía malos versos. No puede discutirse su talento.

Mi franqueza debió chocarle y yo debía haberlo adivinado, puesto que me había dicho que pondría el Macaronicon al lado de La Doncella. Yo sabía también que un poema indecente del mismo nombre que corría por el mundo pasaba por ser suyo; pero sabía que él no aceptaba su autoría y contaba por ello que disimularía el fastidio que debía causarle mi explicación. No fue así, pues me replicó agriamente y yo hice lo mismo.

Casanova —Chapelain —le dije— ha tenido el mérito de hacer agradable su obra, sin solicitar la adhesión de sus lectores por medio de cosas que hieran el pudor o la piedad. Este es el parecer de mi maestro Crebillón.

Voltaire —¡Crebillón! Me cita un gran juez. Pero le ruego me diga cómo puede ser Crebillón su maestro.

Casanova —Me ha enseñado, en menos de dos años, a hablar el francés, y para darle una prueba de mi reconocimiento, he traducido el Rhadamista en versos alejandrinos italianos. Soy el primer italiano que se haya atrevido a adaptar este metro a nuestra lengua.

Voltaire —¿El primero? Le pido perdón, pero este honor pertenece a mi amigo Pietro Giacomo Martelli.

Casanova —Siento tener que decirle que está equivocado.

Voltaire —¡Diantre!, tengo en mi cuarto sus obras impresas en Bolonia.

Casanova —No se lo discuto; no le discuto más que el metro empleado por Martelli. No puede haber leído de él más que versos de catorce sílabas sin rimas. Sin embargo, yo pienso que ha creído, neciamente, imitar a usted, sus alejandrinos, y su prefacio ha hecho reír. ¿No lo ha leído quizá?

Voltaire —¿Que si no lo he leído? Tengo la manía de los prefacios. Martelli prueba que sus versos hacen al oído italiano, el efecto que los alejandrinos hacen al nuestro.

Casanova —Y eso es precisamente lo que tienen de risible. El buen hombre se ha engañado y no quiero otro juez que usted acerca de esta idea. Su verso masculino no tiene más que doce sílabas poéticas, y el femenino, trece. Todos los versos de Martelli tienen catorce, excepto los que terminan por vocal aguda, que al fin del verso vale siempre por dos. Observe que el primer hemistiquio de Martelli es constantemente de siete silabas, mientras que en francés jamás es de más de seis. O su amigo Pietro Giacomo era sordo, o tenía la oreja trabada.

Voltaire —¿Luego usted sigue rigurosamente la teoría de nuestra versificación?

Casanova — Rigurosamente, a pesar de la dificultad; porque casi todas nuestras palabras acaban por una breve.

Voltaire —¿Y qué efecto produjo su innovación?

Casanova —No ha agradado, porque nadie ha sabido recitar mis versos, pero espero que esto se modifique cuando los dé a conocer yo mismo en nuestros círculos literarios.

Voltaire —¿Recuerda algún trozo del Rhadamista?

Casanova —Me acuerdo de todo él.

Voltaire —Prodigiosa memoria; lo oiré con mucho gusto.

Me puse a decir la misma escena que había recitado a Crebillón diez años antes y me pareció que Voltaire me escuchaba con placer. "No se echa de ver, me dijo, la menor dificultad". Era lo más agradable que podía decirme. A su vez el gran hombre me recitó un trozo de su Tancredo que aún no había publicado, creo, y que la continuación fue considerada justamente un modelo..."

 

 

 

 

 

 
     
     

 

 

 

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