Tulancingo cultural

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Tulancingo, Hidalgo, México

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  NOTAS  
     
 

28.Mar.18

 
  Sobre la cuestión médica (4º párrafo), el buen amigo que me avisó es un médico que estaba siendo acosado por esas mismas personas con el fin de obligarlo a dañar a sus pacientes, quien, posteriormente, me comentó que eso estaban haciendo a un buen número de gente del gremio. Infiero que este amigo logró sustraerse del acoso y confío en que, como él, muchos lo hayan hecho.

Supe por otra persona que de igual modo estaban haciendo a ingenieros y otros profesionales. Mismo caso: alguien que logró sustraerse del acoso.

En las ocasiones en que fui al hospital (3er párrafo), no pudieron atacar porque, al haber sido por emergencia, ignoraban de qué hospital se trataba y no fue el mismo al que acudía generalmente.

 
 
     
 

12.Feb.18

 
  Corrección:

3er párrafo. La sordera fue desde febrero o marzo de 2013 a enero de 2014, previamente el oído tapado en menor grado por un periodo largo, de años, y en enero de 2015, una crisis de sordera en los dos oídos en quizás un 90% durante unos 4 ó 5 días. Con el segundo esguince, el uso de dos muletas por 4 semanas y de una muleta durante 6 semanas.

3er párrafo, al final. Hubo otros daños además de los mencionados.

 
     
     
 

Cuestionamiento

 
 

a la Denuncia pública de Cristina de la Concha

 
     
     
 

Deslinde

 
     

 

Libertad de Expresión

www.amnistia.org.mx

Declaración Universal de Derechos Humanos

Declaración de Principios sobre la Tolerancia

 

Jorge Berganza de la Torre: Ver más allá

Contradiciendo a contradecir a Rius

Los vendidos y los infiltrados Consigna

 

 

La "terapia" del perdón I y II

 

 

Mitos y leyendas

Mitos VI

De los trabajos “de oscuridad” y “la tenebra”

Mitos V

Telepatía y ciencia ficción

Mitos IV

El karma: la proyección de lo que hacemos

Mitos III

México y la mala suerte

 

 

Más de Cristina de la Concha aquí con un clic
 
 
 

       

6.Feb.18, 06:54 hrs

 

 

Denuncia pública de Cristina de la Concha

Buenos Aires, Argentina, a 4 de febrero de 2018.

 

Ya en calma, luego de larga reflexión en el tiempo transcurrido, deseo denunciar públicamente que fui amenazada y acorralada en mi país, motivo de mi salida intempestiva al extranjero el día 30 de marzo de 2017.

Las amenazas y el acorralamiento consistieron principalmente en trabajos de energía “de oscuridad” o brujería, o como se desee llamarles, con los que me fueron provocando daños físicos. Me baso en la premisa de que practico la sanación con energía, la cual me ha permitido comprobar que es posible provocar un estado determinado a otra persona sin intervención física, es decir que si es posible curar a otro con manejo de energía, también es posible causarle lo contrario. Entre las personas en quienes he practicado este tipo de sanación está mi hermano menor, José Antonio, que vive en Canadá, de cáncer, piedras en la vesícula y arenillas en el riñón; mi padre debía hacerse un cateterismo y, luego de una sanación, se suspendió la intervención; Andrés Puig de Tulancingo que tuvo piedras, y un sinnúmero de personas.

Los daños físicos de que fui objeto: debilidad sin razón en pies y piernas, un frío helado en el pecho y vientre estando el resto del cuerpo a temperatura moderada con ropa y cobijas, dolores del corazón y de la espalda, hormigueo y adormecimiento del costado izquierdo del cuerpo –unas veces desde la cabeza al pie, otras, sólo el brazo y la mano, otras la mejilla y la boca–, roturas y otros daños en la dentadura y la boca, sordera en oído izquierdo en un 90% desde aproximadamente enero de 2013 a enero de 2015 y, posteriormente, en algunas ocasiones por poco tiempo, y malestar estomacal e intestinal la mayoría de las veces. Fibrilaciones auriculares[1] en diciembre de 2013, en dos ocasiones, en una fui a la clínica Tulancingo. Dos veces de emergencia al hospital por adormecimiento del brazo izquierdo y dolor en el corazón, entre diciembre de 2015 y febrero de 2017 en la ciudad de México. El pie lastimado en diciembre de 2014 que obligó al uso de una muleta durante 6 semanas, y posteriormente, en agosto de 2015, otro esguince con un efecto mayor que obligó al uso de ambas muletas durante 6 semanas. En 2015, comenzó de nuevo la enfermedad de la tiroides de la que ya estaba curada desde 2010. En febrero de 2017, un fuerte dolor de espalda que duró una semana no me permitió levantarme y caminar y fue cuando decidí dejar el país a toda costa. Una semana después, ya podía caminar dentro de la casa pero con espasmos de vez en vez que desaparecieron gradualmente. Gases y constipación constantes desde agosto de 2015 hasta marzo de 2017.

De marzo a junio de 2015, en Tulancingo, prácticamente cada cosa que comía me provocaba malestar, dolor de estómago, indigestión. En la ciudad de México, comenzó a suceder alrededor del mes de enero de 2016 y me dispuse a observar qué, cómo, cuándo. Descubrí que cuando compraba mis víveres en un lugar por primera vez, no sucedía nada, los podía comer sin problema. Comencé a comprar en diferente lugar cada vez, pero se me fueron acabando los lugares. Y pude comprobar mis sospechas cuando en un mercado, el hombre de un puesto donde había comprado antes y nos habíamos saludado al encontrarnos por los pasillos, se acercó a mí mientras compraba en otro puesto y disimuladamente me dijo que no regresara, que tenían instrucciones “de arriba” de venderme mercancía “dañada”.

En noviembre de 2015, un buen amigo me advirtió que no acudiera a mi revisión ginecológica por dudas respecto al médico y señaló que no debía ir a ningún médico. Esto me recordó que el dentista al que acudí en junio de ese año, planteó que debía utilizar anestesia general para el tratamiento que requería, que, de otro modo, no trabajaría conmigo, a lo cual me negué, por supuesto. Entendí que “algo” había con los médicos. Obviamente para 2017, ya eran necesarias las revisiones médicas.

Sucedió una larga lista de eventos extraños de la que sólo mencionaré algunos.

Un día, mientras cocinaba, de repente, la perilla de la hornilla se prendió fuego. Llamé a un plomero para arreglarlo pero también para destapar el caño del lavadero. Hecho el trabajo, todo pareció funcionar, pero en la estufa el plomero había puesto un tubo de cobre pintado de rojo, ¿quién pinta de rojo un tubo de la estufa? A los tres días aproximadamente, en la salida de agua del lavabo del baño de mi uso diario y que está al otro lado del departamento, muy lejos del lavadero, apareció una planta, ¡un tallo con una hoja verde!! en el lavabo que utilizaba ¡todos los días! Traté de despintar el tubo con acetona para quitar el trabajo de oscuridad que me pareció evidente. No lo despinté por completo pero la perilla se incendió de nuevo y no funcionó más. Ya no busqué a ningún plomero y no volví a utilizar la estufa, usaba una parrilla eléctrica para cocinar.

En otra ocasión, hubo una descarga de luz, se fundieron los fusibles. Los cambió el conserje. Se fundieron de nuevo ante el asombro del conserje quien señaló que eso –que se fundieran recién cambiados– nunca había sucedido en el condominio en los más de treinta años que llevaba para entonces trabajando ahí.

Otro día, un gancho de ropa que estaba colgado en el manubrio de la bicicleta fija comenzó a balancearse sin razón alguna, estando todas las ventanas cerradas, no había viento de ningún lado, y así permaneció durante más de media hora.

 

Soy traductora de profesión, promotora cultural, escribo, publico la página web Tulancingo cultural desde 2005, además de practicar la sanación con energía, y fui candidata a diputada federal en Tulancingo por Morena, en 2015. He sido, en general, una persona sana; tengo un amplio umbral de dolor que me permitió parir sin anestesia y tuve una fractura de tobillo por ahí de 1995 sin percatarme de ello. Ni el alcohol ni ningún tipo de estimulantes más allá del café y el cigarro han estado, nunca, en mis hábitos.

Desde que inicié mis actividades públicas comencé a ser objeto de acoso, la generalidad de los funcionarios públicos consideran que deben adherir a sus causas a todos aquellos que hacen vida pública, por esa razón dan los apoyos para las actividades culturales y, en caso de que ellos no deseen adherirse, los presionan. Esto lo fui sorteando como se fue dando, no sin problemas y me fui percatando de que ya tampoco podía dejar la vida pública pues se vuelve un arma de doble filo: si nadie te ve, te pueden atacar sin que nadie se entere y no hay modo de defenderse, hacer vida pública se vuelve una protección. Hasta que en 2013, antes del Encuentro Latinoamericano de Escritores en Hidalgo del que yo era coordinadora, me mandaron decir que debía hablar con una determinada persona del partido en el poder y pedirle la candidatura para diputada local por Tulancingo, añadió que yo sería diputada, que haría carrera política y que debía casarme y “sentar cabeza” (todavía no sé qué quisieron decir con esta frase), que ellos me buscarían con quién. Hice caso omiso. Durante el encuentro de escritores en Hidalgo, hubo un sinfín de problemas y obstáculos para su realización, allí estaban los efectos del caso omiso; también sufrí una caída cuatro días antes de la clausura del encuentro que impidió que continuara con normalidad la coordinación del mismo.

Ante el acoso, en busca de protección, me sumé al partido de oposición y fui electa candidata a diputada federal, campaña que pasé, la mayor parte del tiempo, con malestares gastrointestinales o enferma en algunas ocasiones, lo cual cesó unos días después de las elecciones.

En estos años, hubo muy diversos ofrecimientos de cargos, candidaturas y dinero que rechacé, además de los ofrecimientos de dinero, votos y “ayuda” para ganar las elecciones de 2015 a cambio de “cuidar espaldas” y/o ser infiltrada. En las instancias donde ganó Morena no pudieron darme trabajo por amenazas que recibieron si me lo daban.

Entre los eventos sucedidos destaca que, en una ocasión, en la carretera de Actopan a Pachuca, conducía cuando, a lo lejos, vi que dos hombres habían detenido a un trailer y lo hicieron orillarse, estaban armados: uno con pistola y el otro con una arma larga, y vestían de civil. Me hicieron señas de que me detuviera detrás del trailer. No hice caso a la indicación y frené en medio de la carretera. El hombre con el arma larga estaba frente a mí a unos 7 metros. El otro a la izquierda, a unos dos metros, con la pistola a la altura de la cintura dirigida hacia mí. Tomé mi celular, lo levanté para que lo vieran, y me puse a marcar. Abrí la ventana sólo lo suficiente para decirle al hombre que me dejara pasar. Ordenó que me estacionara. No obedecí y le reclamé que me estuviera deteniendo, le preguntaba a gritos que por qué, que por qué la pistola, que por qué a mí, que a mí no tenía por qué detenerme. Él explicó que se trataba de una redada. Respondí que eso no tenía nada que ver conmigo, que él no tenía ningún derecho y continué gritándole que por qué la pistola, añadí que yo soy una ciudadana, yo le exigía que quitara la pistola. La bajó. Insistí en que me dejara pasar. Asintió, pero el hombre de enfrente seguía con su arma larga. Le exigí que indicara al otro hombre que bajara su arma. Le hizo señas y el hombre la bajó. Entonces, aceleré.

En varios momentos, me mandaron decir que yo pertenecía –por mis orígenes, según ellos–, al “sistema” (su sistema, claro) y que tenía que estar con ellos.

Alguien me dijo un día, mientras comía en un puesto de tacos: “estás boletinada… disimula… todos los que son como tú están boletinados en todas las tiendas”. Señaló que trabajaba en una importante tienda transnacional. “En todas las grandes tiendas…, los detectan, los registran y donde arreglan computadoras, les ponen programas para chupar su información cuando se conectan a internet”. Yo acababa de salir de una de esas tiendas, y entendí por qué me habían tratado tan mal en ciertas tiendas departamentales a las que no regresé.

En la ciudad de México, de más de 20 millones de habitantes, donde nadie conoce a nadie, donde hice escasa promoción cultural y nada de campaña política, llegué a un banco, me hizo pasar el ejecutivo al que yo nunca había visto antes, y señaló: “Me dijo que usted es Cristina de la Concha, ¿verdad?” ¡Yo no le había dado mi nombre! En un valet parking dejé mi auto, al regresar unos minutos después, sin haberle dado mi nombre a nadie, el muchacho me dijo: “Señora Cristina, permítame por favor”, y me abrió la puerta.

No sé qué quisieron decir estos últimos pero, dadas las circunstancias, esto es acoso pues a la par transcurrían los trabajos de oscuridad a los que sobreviví porque hago sanaciones con energía.

Me alejé de las actividades culturales y las amistades porque no quería que se vieran dañadas por mi causa y porque había infiltrados entre ellas. Al final, temía también enormemente por mis vecinos.

A los cinco días de haber llegado a Montreal, recuperé las fuerzas en las piernas y poco a poco me fui recuperando de lo demás.

No hice esto público antes porque creí que al dejar el país, las cosas estarían bien, sin embargo, el acoso “brujeril” ha continuado aun en otros países.  Y temo por mi hija y por mi padre que están allá.

Hoy, estoy en Sudamérica. Quisiera regresar a mi país, estar cerca de mi hija y de mi padre, quiero mi casa y mis cosas, quiero una vida normal y que me dejen paz.

 

 María Cristina de la Concha Ortiz

cristinadelaconcha@hotmail.com

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@dela_concha

 

[1] Fibrilación auricular: arritmia cardiaca, fuerte taquicardia en desorden que puede provocar embolia o infarto cerebral.

 

   
                 
                 

 

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